El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —¿Está ahà el señor Stangerson? —preguntó el juez de instrucción.
—SÃ, señor.
—DÃgale que deseo hablar con él.
Sylvie fue a buscar al señor Stangerson.
El sabio llegó hasta donde estábamos; lloraba; daba pena verlo.
—¿Qué me quiere otra vez? —preguntó al juez—. ¿No podrÃan dejarme tranquilo en un momento como éste?
—Señor —dijo el juez—, es absolutamente preciso que tenga inmediatamente una entrevista con el señor Robert Darzac. ¿No podrÃa usted convencerlo de que abandonara la habitación de la señorita Stangerson? De lo contrario, me veré obligado a franquear el umbral con todo el aparato de la justicia.
El profesor no respondió; miró al juez, al gendarme y a todos los que los acompañaban como mira una vÃctima a sus verdugos, y volvió a entrar en la habitación.
En seguida salió Robert Darzac. Estaba muy pálido y descompuesto; pero, cuando el desgraciado vio detrás de Frédéric Larsan al empleado del ferrocarril, su rostro se descompuso más aún; miró con ojos extraviados y no pudo contener un sordo gemido.