El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Todos captamos el trágico movimiento de aquella fisonomÃa dolorosa. No pudimos impedir que se nos escapara una exclamación de piedad. Sentimos que estaba pasando entonces algo definitivo que decidÃa la perdición de Robert Darzac. Sólo Frédéric Larsan tenÃa una cara radiante y mostraba la alegrÃa de un perro de caza que, por fin, se ha apoderado de su presa.
El señor Marquet, dirigiéndose al señor Darzac y señalando al joven empleado de la perilla rubia, dijo:
—¿Conoce usted a este señor?
—Lo conozco —dijo Robert Darzac con una voz que en vano intentaba hacer que pareciera firme—. Es un empleado de la Orléans, en la estación de Epinay-sur-Orge.
—Este joven —continuó el señor Marquet— afirma que lo ha visto a usted bajar del tren en Epinay…
—Anoche —terminó el señor Darzac—, a las diez y media… ¡Es verdad!…
Hubo un silencio…
—Señor Darzac… —prosiguió el juez de instrucción con un tono impregnado de dolorosa emoción—. Señor Darzac, ¿qué venÃa a hacer usted anoche a Epinay-sur-Orge, a unos kilómetros del lugar donde intentaban asesinar a la señorita Stangerson?