El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo El señor Darzac calló. No bajó la cabeza, pero cerró los ojos, ya porque quisiera disimular su dolor, ya porque temiese que se pudiera leer en su mirada algo de su secreto.
—Señor Darzac —insistió el señor Marquet—, ¿puede usted indicarme cómo empleó el tiempo anoche?
El señor Darzac volvió a abrir los ojos. Parecía haber recuperado todo el dominio de sí mismo.
—No, señor…
—Reflexione usted, porque si persiste en su extraña negativa, me veré obligado a retenerlo a mi disposición.
—Me niego…
—¡Señor Darzac! ¡Queda usted detenido en nombre de la ley!…
Apenas había pronunciado el juez estas palabras cuando vi a Rouletabille hacer un movimiento brusco hacia el señor Darzac. Iba ciertamente a hablar, pero éste con un gesto le cerró la boca… Por lo demás, ya el gendarme se acercaba a su prisionero… En ese momento resonó una llamada desesperada:
—¡Robert!… ¡Robert!…