El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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Reconocimos la voz de la señorita Stangerson y, ante aquel acento de dolor, no hubo nadie que no se estremeciera. Hasta Larsan palideció esta vez. En cuanto al señor Darzac, respondiendo a la llamada, se había precipitado ya a la habitación…

El juez, el gendarme y Larsan entraron detrás de él; Rouletabille y yo nos quedamos en el umbral de la puerta. Espectáculo desgarrador: la señorita Stangerson, cuyo rostro tenía la palidez de la muerte, se había incorporado en la cama a pesar de los dos médicos y de su padre… Tendía los brazos temblorosos hacia Robert Darzac, a quien Larsan y el gendarme habían echado mano… Sus ojos estaban enormemente abiertos…, veía…, comprendía… Pareció que su boca iba a murmurar una palabra…, una palabra que expiró en sus labios exangües…, una palabra que nadie oyó…, y volvió a caer desvanecida… Llevaron rápidamente a Darzac fuera de la habitación… Mientras esperábamos un coche que Larsan había ido a buscar, nos detuvimos en el vestíbulo. Todos estábamos extremadamente emocionados. Al señor Marquet se le saltaban las lágrimas. Rouletabille aprovechó ese momento de enternecimiento general para decir al señor Darzac:

—¿No va a defenderse usted?

—¡No! —replicó el prisionero.

—Entonces lo defenderé yo…


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