El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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—No puede usted… —afirmó el desgraciado con una pobre sonrisa—. Lo que no hemos podido hacer la señorita Stangerson y yo no lo hará usted.

—Sí, yo lo haré.

Y la voz de Rouletabille era extrañamente tranquila y confiada. Continuó:

—Yo lo haré, señor Robert Darzac, porque ¡yo sé mucho más que usted!

—¡Vamos, ande! —murmuró Darzac casi con cólera.

—¡Oh, esté usted tranquilo! No sabré más que lo que sea necesario saber para salvarlo.

—No hay nada que saber, joven…, si es que quiere tener derecho a mi agradecimiento.

Rouletabille movió la cabeza. Se aproximó hasta estar al lado, al lado de Darzac:

—¡Escuche lo que voy a decirle… —dijo en voz baja—, y que ello le dé confianza! Usted no sabe más que el nombre del asesino; la señorita Stangerson sólo conoce la mitad del asesino; ¡pero yo, yo conozco las dos mitades; yo conozco al asesino entero!…

Robert Darzac abrió unos ojos que atestiguaban que no comprendía una palabra de lo que acababa de decirle Rouletabille. Entre tanto, llegó el coche, conducido por Frédéric Larsan. Hicieron subir a Darzac y al gendarme. Larsan se quedó en el pescante. Llevaron al prisionero a Corbeil.


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