El Misterio del cuarto amarillo

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No necesito decirles lo apretujados que estábamos en la sala. Había abogados sentados hasta en los peldaños del «tribunal» y, detrás de los magistrados de toga roja, estaban representadas todas las autoridades judiciales de los alrededores. Robert Darzac apareció en el banco de los acusados, entre los gendarmes, tan tranquilo, alto y tan hermoso, que un murmullo de admiración más que de compasión lo acogió. En seguida se inclinó hacia su abogado, el letrado Henri-Robert, que, asistido por su primer secretario, el letrado André Hesse, entonces principiante, había comenzado ya a hojear su expediente.

Muchos esperaban que el señor Stangerson fuera a estrechar la mano del acusado; pero tuvo lugar la llamada de los testigos y todos abandonaron la sala sin que se produjera aquella demostración sensacional. En el momento en que los miembros del jurado ocuparon su sitio, notamos que parecían sumamente interesados por una rápida entrevista que el letrado Henri-Robert había tenido con el director de L’Epoque. Éste fue en seguida a colocarse en la primera fila del público. Algunos se extrañaron de que no acompañara a los testigos a la sala reservada para ellos.




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