El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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Pero el presidente estaba furioso:

—Así que es usted Joseph Rouletabille, ¿eh?… —replicó el presidente—. Muy bien, jovencito, ya le enseñaré yo a burlarse de la justicia… En virtud de mi poder discrecional, y mientras el Tribunal delibera sobre su caso, queda usted a disposición de la justicia…

—Pero si yo no pido más que eso, señor presidente: estar a disposición de la justicia…, he venido a ponerme a disposición de la justicia… Si mi entrada ha armado un poco de jaleo, pido perdón al Tribunal… Créame, señor presidente, que nadie respeta a la justicia más que yo… Pero he entrado como he podido…

Y se echó a reír. Y todo el mundo rió.

—¡Llévenselo! —ordenó el presidente.

Pero intervino el letrado Henri-Robert. Comenzó excusando al joven, lo presentó animado de los mejores sentimientos, hizo comprender al presidente que difícilmente podían pasarse sin la declaración de un testigo que había dormido en el Glandier durante toda la misteriosa semana, un testigo, sobre todo, que pretendía probar la inocencia del acusado y aportar el nombre del asesino.

—¿Va a decirnos usted el nombre del asesino? —preguntó el presidente, agitado pero escéptico.

—¡Pero si no he venido más que a eso, señor presidente! —dijo Rouletabille.


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