El Misterio del cuarto amarillo

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Estuvieron a punto de aplaudir en la sala, pero los ¡chist! enérgicos de los ujieres restablecieron el silencio.

—Joseph Rouletabille —dijo el letrado Henri-Robert— no ha sido oficialmente citado como testigo, pero espero que, en virtud de su poder discrecional, el señor presidente tendrá a bien interrogarlo.

—¡Está bien! —dijo el presidente—. Lo interrogaremos. Pero acabemos de una vez…

El fiscal se levantó:

—Quizá valdría más —advirtió el representante del ministerio público— que este joven nos dijera en seguida el nombre del que él denuncia como asesino.

El presidente asintió con una irónica reserva:

—Si el señor fiscal concede alguna importancia a la declaración de Joseph Rouletabille, no veo inconveniente en que el testigo nos diga en seguida el nombre de «su» asesino.

Se hubiera podido oír volar una mosca.

Rouletabille callaba, mirando con simpatía a Robert Darzac, que, por primera vez desde el comienzo del debate, mostraba un rostro agitado y lleno de angustia.

—Bueno —repitió el presidente—, le escuchamos, señor Joseph Rouletabille. Estamos esperando el nombre del asesino.


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