El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —¡Le aseguro, señor presidente —gritó con su voz aguda y chillona—, le aseguro que, cuando le haya dicho el nombre del asesino, comprenderá que no podÃa decÃrselo antes de las seis y media! ¡Palabra de honor, palabra de Rouletabille!… Pero, entre tanto, siempre puedo darle algunas explicaciones acerca del asesinato del guarda… El señor Frédéric Larsan, que me vio «trabajar» en el Glandier, podrÃa decirle con cuánto cuidado estudié todo este caso. Por más que mi parecer sea contrario al suyo y aun pretendiendo que al detener al señor Robert Darzac hizo detener a un inocente, él no duda de mi buena fe ni de la importancia que hay que conceder a mis descubrimientos, que frecuentemente han corroborado los suyos.
Frédéric Larsan dijo:
—Señor presidente, serÃa interesante oÃr al señor Joseph Rouletabille; tanto más interesante cuanto que no opina como yo.
Un murmullo de aprobación acogió las palabras del policÃa. Él aceptaba el reto como buen jugador. PrometÃa ser curioso el torneo entre aquellas dos inteligencias que se habÃan cebado en el mismo trágico problema y que habÃan llegado a dos soluciones diferentes.
Como el presidente se callaba, Frédéric Larsan continuó: