El Misterio del cuarto amarillo

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Rouletabille se vuelve entonces hacia el señor Darzac:

—Usted sabe la verdad —exclamó—. Díganos, ¿no pasaron así las cosas?

—Yo no sé nada —responde el señor Darzac.

—¡Es usted un héroe! —dice Rouletabille, cruzándose de brazos—. Pero si la señorita Stangerson, ¡ay!, supiera que ha sido usted acusado, ella lo desligaría a usted de su palabra…, le rogaría que dijera todo lo que le ha confiado…, qué digo, ¡ella misma vendría a defenderlo!

El señor Darzac no hizo un movimiento, no pronunció una palabra. Miró tristemente a Rouletabille.

—En fin —dijo éste—, puesto que la señorita Stangerson no está aquí, ¡es preciso que esté yo! ¡Pero créame, señor Darzac, el mejor, el único medio de salvar a la señorita Stangerson y de devolverle la razón sigue siendo la absolución de usted!

Una salva de aplausos acogió esta última frase. El presidente ni siquiera intentó refrenar el entusiasmo de la sala. Robert Darzac estaba salvado. ¡No había más que mirar a los miembros del jurado para estar seguro de ello! Su actitud manifestaba abiertamente su convicción.

El presidente exclamó entonces:


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