El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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Vuelvo al señor Stangerson. Cuando compró la propiedad, aproximadamente unos quince años antes de la tragedia que nos ocupa, hacía mucho tiempo que nadie habitaba el Glandier. Otro viejo castillo de los alrededores, construido en el siglo XIV por Jean de Belmont, también estaba abandonado, de tal modo que la región se hallaba prácticamente deshabitada. Algunas casitas al costado del camino que conduce a Corbeil, una posada, la Posada del Torreón, que ofrecía una pasajera hospitalidad a los carreteros, eran prácticamente los únicos vestigios de la civilización en aquel lugar abandonado, difícil de encontrar a unas pocas leguas de la capital. Pero ese completo abandono había sido la razón determinante de la elección del señor Stangerson y de su hija. El señor Stangerson ya era famoso; acababa de volver de América, donde sus trabajos habían tenido una resonancia considerable. El libro que había publicado en Filadelfia sobre «La disociación de la materia por acciones eléctricas», había provocado la protesta de todo el mundo científico. El señor Stangerson era francés, pero de familia estadounidense. Unos asuntos de herencia muy importantes lo habían retenido durante varios años en los Estados Unidos. Allí había continuado una obra comenzada en Francia y había regresado a Francia para terminarla, después de haber amasado una enorme fortuna, una vez que los juicios sucesorios terminaran favorablemente, sea por sentencias que le dieron razón, sea mediante acuerdos. Esa fortuna fue bienvenida. Al señor Stangerson, que habría podido, si hubiera querido, ganar millones de dólares explotando o haciendo explotar dos o tres de sus descubrimientos químicos relacionados con nuevas técnicas de tintura, siempre le repugnó emplear en beneficio propio el don maravilloso de inventar que había recibido de la naturaleza; pero no pensaba que su genio le perteneciera. Se lo debía a los hombres, y todo lo que su genio traía al mundo iba a parar, por esa voluntad filantrópica, al dominio público. Si no intentó disimular la satisfacción que le causaba la posesión de aquella fortuna inesperada que le permitiría entregarse por entero a su pasión por la ciencia pura, el profesor debió alegrarse también, al parecer, por otro motivo. La señorita Stangerson tenía veinte años cuando su padre volvió de América y compró el Glandier. Era más bonita de lo que se podría imaginar: poseía, a la vez, toda la gracia parisina de su madre, muerta al dar a luz, y todo el esplendor y la riqueza de la joven sangre americana de su abuelo paterno, William Stangerson. Éste, que había nacido en Filadelfia, debió naturalizarse francés, obedeciendo a las exigencias familiares, cuando contrajo matrimonio con una francesa, quien sería la madre del ilustre Stangerson. Así se explica la nacionalidad francesa del profesor Stangerson.


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