El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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Darzac retrocedió:

—¿Qué significa esto?

Evidentemente, él había comprendido lo que yo comprendía entonces: que mi amigo lo consideraba sospechoso del abominable atentado. La huella de la mano ensangrentada en las paredes del «Cuarto Amarillo» se le apareció… Miré a aquel hombre de fisonomía tan altiva, de mirada habitualmente tan franca y que en aquel momento se turbaba de una forma tan extraña. Tendió su mano derecha y, señalándome, dijo:

—Usted es amigo del señor Sainclair, que me hizo un gran favor inesperado en una justa causa, y no veo razón para rechazar su mano…

Rouletabille no aceptó la mano. Mintiendo con una audacia sin igual, dijo:

—He vivido algunos años en Rusia, de donde traje la costumbre de no estrechar nunca la mano de quien no se quite los guantes.

Creí que el profesor de la Sorbona iba a dar rienda suelta al furor que comenzaba a agitarlo, mas, por el contrario, con un violento y visible esfuerzo, se tranquilizó, se quitó los guantes y presentó sus manos. Estaban limpias de toda cicatriz.

—¿Está usted satisfecho?

—No —replicó Rouletabille—. Querido amigo —dijo volviéndose hacia mí—, me veo en la obligación de pedirle que nos deje a solas un instante.


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