El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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—Para mí no hay duda alguna a este respecto —dijo el novio de la señorita Stangerson con una gran tristeza—. Las huellas de los dedos, los profundos arañazos en el pecho y en el cuello de la señorita Stangerson testifican que el miserable que estaba allí intentó un horrible atentado. Los médicos expertos que examinaron ayer esas huellas afirman que fueron hechas por la misma mano cuya imagen ensangrentada quedó impresa en la pared; una mano enorme, que no cabría en mi guante —añadió con una indefinible y amarga sonrisa…

—Y esa mano roja —interrumpí— ¿no podría ser la huella de los dedos ensangrentados de la señorita Stangerson, que, en el momento en que ella caía, se encontraron con la pared y dejaron al deslizarse una imagen alargada de su mano llena de sangre?

—No había una gota de sangre en las manos de la señorita Stangerson cuando la levantaron —respondió el señor Darzac.

—Así que ya es casi seguro —dije— que fue la señorita Stangerson quien tenía el revólver del tío Jacques, pues hirió al asesino en la mano. Así pues, temía algo o a alguien.

—Es probable…

—¿No sospecha usted de nadie?

—No… —respondió el señor Darzac mirando a Rouletabille.

Rouletabille, entonces, me dijo:


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