La maquina de asesinar
La maquina de asesinar ȃl, que me adoraba, no tiene en sus ojos más que odio hacia mÃ. Y también el designio de arrastrarme con él a una catástrofe de la que no volverá, de la que no se le hará volver.
»Sus ojos me queman; su cara, inmóvil, que he labrado con mis propias manos, para que sea más bello, me espanta como me espantarÃa una figura infernal que, esculpida en el mármol funerario, levantara de repente los párpados para mirarme fijamente.
»Sus hermosas cejas son dos terribles arcos cuyas flechas hacen sangrar mi corazón.
»¡No tengo fuerzas para reaccionar!… No sé qué languidez fatal corre por mis venas… Y me dejo caer en la sima de mi destino como en el hueco de un abismo sin fondo… ¡Qué cosa más terrible y más dulce!… Me siento agotada, como aquella pobre Bessie a la que un monstruo chupaba la vida; pero yo no tengo, como ella, fuerzas para pedir socorro…
»Te confÃo mi último pensamiento, Jaime: sólo pido morir desde que en la muñeca de mi ensueño has puesto un alma de asesino…
»¡Mi muñeca!… ¡Mi muñeca!… ¡En ella habÃa puesto mi aliento, mi razón y mi alma!…
»Y tú, Jaime, ¿qué has puesto?
»¡Has puesto mi muerte!