La maquina de asesinar
La maquina de asesinar «DÃcese —ha escrito Enrique Heine— que un mecánico inglés que habÃa imaginado las máquinas más ingeniosas, se dedicó a fabricar un hombre, y lo consiguió. La obra de sus manos podÃa funcionar y obrar como un hombre; en su pecho de cuero llevaba una especie de aparato humano y podÃa comunicar sus emociones por medio de sonidos articulados… (La muñeca ensangrentada no habla… Pero escribe… ¡y con sangre!…) Y el ruido interior de ruedas, resortes y escapes producÃa una verdadera pronunciación. En fin: aquel autómata era un gentleman perfecto y, para ser un hombre, solamente le faltaba un alma. Pero su creador no podÃa dársela. Y el pobre ser, al darse cuenta de su imperfección, atormentaba dÃa y noche a su creador, suplicándole que le concediese un alma. La súplica, que cada dÃa era más encarecida, acabó haciéndose tan insoportable para el pobre artista, que huyó para escapar de su propia obra. Pero el hombre-máquina dio con la pista, le persiguió por todo el continente, no cesó de irle a los alcances, le pisó los talones alguna vez y murmuró a su oÃdo: Otee me a soult… (¡Dadme un alma!)»