La maquina de asesinar
La maquina de asesinar «Tal es el cuento de Enrique Heine —continuaba diciendo la nota de la redacción—. El señor Jaime Cotentin, disector de la Escuela de Medicina de París (damos todos los nombres para que en esta prodigiosa historia cada cual cargue con su responsabilidad, y si hay algo más que un cuento, nadie pueda sospechar que hemos servido los intereses de nadie que se haya mezclado, de cerca o de lejos, al tan inquietante proceso de Benito Masson), Jaime Cotentin, repetimos, que ha dado a su muñeca, al mismo tiempo que un cerebro, un alma (¡y qué alma!), no es perseguido por su autómata… Le persigue él… ¿Le ha alcanzado?… Luego de haber visto la ropa ensangrentada de su prometida, ¿ha podido por fin detener la “máquina de asesinar” que ha lanzado sobre el mundo?… Tal es la pregunta que esta misma noche se hacía aún en torno al señor Bessiéres…
»También podemos afirmar que en la calle de las Saucedas ya no se trata de esto como si fuera una fábula, y que en el momento en que empezamos la tirada se hace la pregunta de si también el disector habrá sido víctima de su invento…
»En efecto: fuera de la lúgubre casita de Corbilléres, donde el relojero Norbert vio a Jaime Cotentin por última vez, no se ha encontrado rastro alguno del disector… ni de las primeras víctimas de Benito Masson, ni de Cristina Norbert, ni de la misma muñeca sangrienta…»