La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Y acudÃa…
¡Iba a salvarla, a desembarazarla de su tirano!… El amor propio de autor quedaba relegado. ¡MaldecÃa una vez más su genio, que solamente habÃa conseguido el suplicio de Cristina… y el suyo!… No vacilarÃa en destruir la maravilla constituida por su obra, que era como su hijo…
Para él no habÃa más verdad en el mundo que estrechar a Cristina en sus brazos. ¡Lo demás, todo era mentira!…
Estas cosas iba pensando Jaime, mientras el autocar remontaba el valle del Paillon, daba la vuelta a las montañas, dejaba detrás el Escareney, se detenÃa para respirar unos minutos en la placita de Luceram y permitir a los viajeros que visitaran la curiosa iglesia, las ruinas del castillo y las murallas de la colonia romana que fue Luce Ara.
¡Oh las viejas piedras, las viejas imágenes, el abismo del pasado!… ¿Qué significaban para un hombre que, como Jaime Cotentin, se habÃa inclinado sobre el abismo del porvenir y que corrÃa a la busca del demonio que acababa de salir del abismo a la llamada imperiosa de su voz?