La extrana historia Dr. Bonhomet

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Y le expuse el pasaje en que el ilustre practi­cante relata los ejemplos de personas mordidas por animales enfermos de rabia: lobos, perros, cerdos y bueyes: «Estas personas, afirma, se es­condían bajo los muebles, ladraban, aullaban, gru­ñían, mugían e imitaban, con sus actitudes las costumbres y los instintos del animal que les ha­bía mordido.» Comprenderéis — añadí—, que el más perfecto de los genios humanos no debe de perder de vista que le puede acontecer un desas­tre de esta clase y, ante la sola posibilidad de esta humillación, sólo con extrema y moderada re­serva, y después de un maduro examen del punto de vista general, debe exponer sus opiniones personales. Para mí, Kant, Schopenhaüer, Fichte y el barón de Schelling sólo son personajes afectados por una especie de virus rábico natural y que en consecuencia se les debe tratar.

Y Hegel, a quien ibais a citarme, ya que es vuestro maestro (añadí para humillar a Lenoir), no queda para nada fuera de esta comparación. Cuando, según la teología, el Diablo, en respuesta al ¿Quis ut Deus? de Miguel, lanzó su grito: «¡Non serviam!» (tontería que fue castigada por todas las virtudes celestiales, añadí yo con una leve sonrisa), nos enseñó a desconfiar de cualquier precipitación entusiasta. ¡Y el licántropo Nabucodonosor reforzó mucho esta lección simbólica dada a nuestro orgullo! ¡Bien! ¡Hegel me hace el efecto de ser el Nabucodonosor de la filosofía, eso es todo!


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