La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Y para acabar de confundir al buen doctor, hice que reflejaran en sus ojos las aristas de mi diamante.
Oyendo este galimatías, Lenoir abría ojos desmesurados y yo gozaba interiormente de la dificultad que experimentaba al coser el descosido de mis palabras.
—Supongo que no pretendéis inferir —murmuró al fin— que cualquier enfermedad sea nuestro límite, ya que el espíritu sobrevive al individuo. Si Cabanis es mordido, el espíritu humano no muestra su rabia: la constata, la estudia a título de fenómeno, descubre el remedio y pasa a otra cosa. ¿Qué queréis decir?
—Quiero decir —exclamé— que si apoyo mi pulgar en un lóbulo del cerebro, si toco cualquier parte de la pulpa cerebral, paralizo instantáneamente bien sea la voluntad, o el discernimiento, o la memoria, o cualquier otra facultad de lo que denomináis alma. De lo cual concluyo que el alma no es más que una secreción del cerebro, un poco de fósforo esencial y que el ideal es una enfermedad del organismo, nada más.
Lenoir se puso a reír, muy suavemente.