La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Así pues, a veces —cerca de la medianoche de cualquier otoñal noche sin luna—. Bonhomet, atormentado por el insomnio, se levantaba súbitamente y se vestía de un modo especial para el concierto que necesitaba volver a oír. El gigantesco y huesudo doctor, enfundando sus piernas en desmesuradas botas de caucho herrado, que prolongaba sin suturas una amplia levita impermeable, también adecuadamente forrada, deslizaba en sus manos un par de guanteletes de acero blasonado, procedentes de alguna armadura de la Edad Media (guanteletes de los que se había convertido en feliz adquisidor por el precio de treinta y ocho bonitos soles —¡una ganga!— pagados a un buhonero). Después de esto, se ceñía su amplio sombrero moderno, apagaba la lámpara, bajaba y, con la llave de su morada en el bolsillo, se encaminaba despaciosamente hacia el lindero del parque abandonado.
Luego se aventuraba por los umbríos senderos, hacia el retiro de sus cantores preferidos —hacia el estanque donde el agua poco profunda y bien sondeada en todos los lugares, no le cubría la cintura—. Y, bajo las bóvedas que estaban próximas a los atracaderos, enmudecía su paso, tanteando las ramas muertas.