La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Entonces, el buen doctor, sonriendo entre las sombras, ¡arañaba suavemente, muy suavemente, rozando apenas, con la punta de su medieval Ãndice, la invisible superficie del agua ante el guarÂdián!… Y la arañaba con tal suavidad que éste, aunque asombrado, no podÃa juzgar que esta vaga alarma tuviera una importancia digna de que la piedra fuera lanzada. Escuchaba. A la larga, su instinto descubrÃa oscuramente la idea del peligro y su corazón, ¡oh!, su pobre corazón ingenuo se ponÃa a palpitar terriblemente, lo cual llenaba de júbilo a Bonhomet.
Y entonces los bellos cisnes, uno tras otro, perÂturbados por aquel ruido, en lo más profundo de sus sueños, estiraban con ondulaciones la cabeza de debajo de sus pálidas alas de plata —y bajo el peso de la sombra de Bonhomet, poco a poco se apoderaba de ellos una angustia que tenÃa no se sabe qué confusa conciencia del mortal peligro que les amenazaba—. Pero, en su infinita delicadeza, sufrÃan en silencio, como el guardián —sin poder huir, ¡porque la piedra no habÃa sido lanzada!—. Y todos los corazones de estos blancos exilados se ponÃan a latir con golpes de sorda agonÃa, inteligibles y claros al encantado oÃdo del doctor que —sabiendo bien lo que les causaÂba, moralmente, su sola proximidad—, con pruriÂtos incomparables se deleitaba en la sensación terrorÃfica que su inmovilidad les hacÃa sufrir.