La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet —¡Qué dulce es animar a los artistas! —se decÃa por lo bajo.
Cerca de tres cuartos de hora duraba este éxtaÂsis, que no hubiera cambiado por un reino. De repente, el rayo de la estrella matutina, deslizándose entre las ramas, ¡iluminaba de improviso a Bonhomet, las negras aguas y los cisnes con los ojos llenos de sueños! El guardián, enloquecido de horror ante tal visión, lanzaba la piedra… (¡Demasiado tarde!… ¡Bonhomet, con un terriÂble grito, con el que parecÃa desenmascararse su dulzona sonrisa, se abalanzaba con las zarpas dispuestas, los brazos extendidos, por entre las filas de las sagradas aves!) Y qué rápidas eran las presas que hacÃan los dedos de hierro de este paladÃn moderno: los puros cuellos de nieve de dos o tres cantores quedaban atravesados o queÂbrados antes de que emprendieran el vuelo raÂdiante de las demás aves-poetas.
Entonces, el alma de los agonizantes cisnes, despreocupada ya del buen doctor, se derramaba en un canto de inmortal esperanza, de liberación y de amor, hacia cielos desconocidos.
El racional doctor sonreÃa ante este sentimenÂtalismo, del que únicamente le gustaba saborear, como serio conocedor, una cosa —el timbre—. Musicalmente, sólo apreciaba la singular dulzura del timbre de estas voces simbólicas, que vocaliÂzaban la Muerte como si fuera una melodÃa.