La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Por el momento me abstuve de cualquier reflexión relativa a sir Henry Clifton cuando recibí aquella enojosa noticia. Había oído hablar de aquellos extrañísimos otisores color de azabache, o acechadores de naufragios. Los marinos de Noruega y de Holanda denominan también a estos negros los demonios de las arenas movedizas. Estos feroces caníbales están rodeados por un misterio que se encuentra aun sin penetrar. En ocasiones, por la noche, se oye a lo lejos, en los escollos, su gran grito, sombrío aullido de guerra. Son auténticas sombras. Ninguno de ellos ha sido hecho prisionero y a pesar de las descargas de los fusiles no se les ve ni caer ni huir. «No se sabe qué hacen con sus muertos, si es que mueren», afirma de un modo bastante extraño el geógrafo danés Bjorn Zachnussén».
Me decidí a desterrar de mi memoria esta aventura que me pareció que podía turbar mi sueño.
—¿No habéis hablado de una vieja señora enferma? —dije al camarero metiéndome la carta en el bolsillo—; ¿ha cenado ella?
El camarero, que trataba de espiar en mis rasgos el efecto de la carta, se quedó algún tiempo sin responder.
—No —dijo finalmente—, su cena está allí.
—Bueno —respondí—: puesto que se encuentra enferma, comeré su cena; eso le sentará bien.