La extrana historia Dr. Bonhomet

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Mi sonrisa más graciosa acogió este giro y fue acompañada, realmente a mi pesar, por una fuerte patada en los riñones de este joven Mercurio. Cayó la palmatoria, y como el camarero, presa de un espanto que aún estoy tratando de explicarme en vano, emprendía él solo, por las escaleras, una nueva edición de la carrera de Hipomenes y Ata­lante, levanté el cirio y golpeó discretamente tres veces, con el hueso de mi saturno la inquietante puerta; con la otra mano sostenía la palmatoria y mi bolsa de paseo.

¡Entrad! —me dijo una voz vagamente co­nocida.

Levanté el picaporte y la primera sensación por la que me sentí dolorosamente afectado fue un fuerte olor a pintura. Los muros, recientemente revocados, eran de un blanco plateado, absoluta­mente liso y aceitoso. Instantáneamente evocaron en mi espíritu la idea de esas placas de metal de las que se sirven en los estudios los dignos ému­los de Daguerre para aumentar los reflejos del día. En la cama, cubierta por cortinas blancas, se sostenía sobre los codos una mujer, con la cara amarillenta y estirada como pergamino, com­pletamente vestida de luto. Un enorme par de lentes azulinos le cubrían los ojos. En la chime­nea relucían dos o tres frascos con etiquetas de farmacia. Un candelabro humeaba en la mesilla de noche.


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