La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet ¡Saqué de mi bolsa un pequeño frasco! ¿DisÂtenderÃa la pupila, pensé, una gota de este alcaloide?… Pero rechacé también esa idea: la soluÂción en cuestión no podÃa aplicarse con provecho sobre un cadáver.
¡De repente, descubrà mi oftalmoscopio!
—¡Ah!, ¡ah!, ¡ah! —exclamé—, ¡esto es! Rechinando un,poco los dientes, cogà entre mis brazos el cadáver, cuya larga camisa constituÃa un sudario, y lo coloqué de pie contra el muro, debajo de un gran clavo.
Iba a sostenerlo con una cuerda pasada bajo los brazos y suspendida de aquel clavo mediante los cabos anudados juntos…
Pero una reflexión contrarió mi proyecto.
Lo que podÃa haber permanecido en esos ojos iba a aparecerme en sentido invertido, vuelto de arriba abajo, al formar la cavidad situada detrás del iris una cámara negra.
HabÃa un medio de obviar esta dificultad, no obstante dudé de recurrir a él.
Quizás mis colegas encuentren pueril este esÂcrúpulo que experimentaba al disponer, contra el muro, la cabeza hacia abajo, los pies hacia arriba, el cadáver de la señora Lenoir.