La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Pero, una vez más, siempre había conocido a la señora Claire Lenoir como una honorable rentista y, lo confieso, eso me imponía un cierto respeto, incluso ante sus despojos mortales. Enderecé, pues, el cadáver a pulso y me puse a dar vueltas por la habitación, sin saber muy bien por qué decidirme, cuando se me ocurrió una idea conciliadora y tan simple que realmente me asombré de que no me hubiera venido antes a la mente.
Hela aquí: volvía a poner, no sin precauciones, que cuerpo de la señora Lenoir sobre su lecho de muerte sin más; pero lo colocaba al revés, de tal manera que el cuello y la cabeza, boca arriba, sobrepasaran el borde del lecho y estuviesen como suspendidos por encima del suelo.
Arrastraba entonces a los pies del lecho la larga cabellera castaña, de la cual ya había plateado un tercio. El rostro se ofrecía entonces al revés y los ojos, que seguían desmesuradamente abiertos a la altura de mis rodillas, me seguían pareciendo, a pesar mío, de una solemnidad inquietante. Ahora no había ninguna duda de que si había algo en sus pupilas, se me aparecía en el sentido normal.
Luego cogí uno de los candelabros cuyas últimas llamas palpitaban y lo coloqué entre nosotros.
Ajusté una enorme lente en el portaobjetos, frente al reflector, y me apresté a pasear el pincel de luz en lo más hondo de los ojos de la señora Lenoir.