La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet —¡Realmente, señores, en vano trato de buscar un eufemismo para hacerles comprender que en este momento, positivamente, están razonando como zotes! —exclamó el doctor Tribulat Bonhomet (atenuando, con su sonrisa más untuosa, lo que podÃa tener de poco parlamentario el tono de su observación)—. Olvidáis que la penetración, la prudencia y la astuta energÃa de nuestros goberÂnantes han sabido neutralizar, de antemano, cualquier posibilidad de insurrección, siquiera parcial —gracias a cierta medida preventiva, proÂfiláctica, si lo preferÃs, de una sencillez auténtiÂcamente genial—, y cuyos resultados pacificadores son literalmente mágicos.
—¿Qué medida? —exclamaron los comensales, abriendo mucho los ojos.
—¡Ah!, ¿no lo habéis observado?… —continuó el presidente—: ¡Bien!, me place revelárosla. Si a primera vista puede parecer anodina (y ahà está su fuerza) a ciertos espÃritus superficiales, declaÂro que uno se queda ciertamente petrificado de admiración por poco que se tome el trabajo de observar sus consecuencias. Se trata, sin más, del decreto, ya anticuadillo, que autoriza a los miles de tugurios, cabarets, cafés y tabernas de la capiÂtal a no prescribir sus cierres hasta las dos de la madrugada.