La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet De este modo, en quince años, se obtiene una población de sonámbulos, cuya fuerza moral y física se diluye, todas las noches, hasta los dos tercios de la madrugada, en medio de una bruma de nicotina, en vanas discusiones, en ociosas profesiones de fe, resoluciones quiméricas y estériles, crispaciones de puños: se tosen propósitos encima de vasos de cerveza o de alcohol y se disipan. Resultado: para una capital, en quince años, una de las más inofensivas fluctuaciones de cerca de trescientos mil legañosos, más o menos atáxicos, de vacíos cerebros, debilitados corazones —la mayoría de los cuales daría, por una absenta, el revólver o el otorgado explosivo —como un chino su mujer por una pipa de opio.
Ya lo ven, señores: esta medida es propia de una política tan eficaz que consolida la duración de un gobierno, aunque cometa algunas faltas —y con más razón (como es el caso actual) cuando no las comete. Paraliza de antemano, sin efusión de sangre y tranquilamente, cualquier sedición—. ¡Mirad!, ¡si se promulgara el ukase[3] en San Petersburgo, me inclino a pensar que incluso el nihilismo no resistiría ni un semestre! Y me pregunto cómo una idea tan simple, tan práctica, de este efecto secundario parece haber escapado hasta hoy a la no obstante proverbial sagacidad del gabinete moscovita.