La extrana historia Dr. Bonhomet

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Físicamente, soy lo que, en el vocabulario cien­tífico, se denomina: «un saturniano de la segunda época». Soy de talla elevada, huesuda, encorva­da, más por la fatiga que por el exceso de pen­samiento. El óvalo atormentado de mi cara pro­clama laberintos, proyectos; bajo dos espesas ce­jas, dos ojos grises, donde brillan, en sus huecos, Saturno y Mercurio, mostrando cierta penetra­ción. Mis sienes son brillantes en su parte supe­rior: lo cual denuncia que su piel muerta ya no bebe en las convicciones de otros: ha hecho su propia provisión. Se hunden a los lados de la cabeza, como las de los matemáticos. ¡Hondas sie­nes, crisoles![4] Destilan las ideas hasta mi nariz, que las juzga y se pronuncia. Tengo una gran na­riz —de una dimensión incluso considerable—, una nariz que es al tiempo invasora y vaporiza— dora. De repente, se frunce hacia el medio en forma de empeine —lo cual, en cualquier otro individuo que no fuera yo, señalaría una tenden­cia hacia una cierta oscura monomamía—. Y la razón es la siguiente: la nariz es la expresión de las facultades del razonamiento en el hombre; es el órgano que precede, que ilumina, que anuncia, que huele y que indica. La nariz visible corres­ponde a la nariz impalpable, que todo hombre lleva consigo cuando viene al mundo. Así que, si en el curso de crecimiento de una nariz, se des­arrolla imprudentemente alguna parte, en perjui­cio de las demás, ello se debe a alguna laguna del juicio, a algún pensamiento que se ha alimentado a costa de los demás. Las comisuras de mi justa y pálida boca tienen los pliegues de su sudario. Está lo bastante cerca de la nariz como para pedirle consejo antes de discurrir a la ligera y, tal como afirma el dicho, recoger nueces como una corneja.


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