La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Por otra parte, en esta época letárgica, Sin alegría y sin remordimientos, La única risa que aún es lógica Es la de las cabezas de los muertos.
PAUL VERLAINE
La campana de la llegada me despertó. Estábamos en el puerto de Saint-Malo. Eran las once, más o menos; hacía un buen día. Cogí mi bastón y mi maleta, salté al puente y me precipité con la ola de viajeros sobre el muelle, maculadas las botas por la espuma de los mares.
Mi primera acción, al tocar el suelo de mi ilustre patria, fue entrar en ese café desde el cual la mirada abarca toda la rada y, a lo lejos, la tumba de un antiguo ministro de Carlos X, el vizconde de Chateaubriand —de quien, me parece, son afamados algunos trabajos etnográficos sobre los salvajes—. Pedí mi habitual dosis de absenta, por otra parte enorme, y luego, dejándome caer en un asiento, cogí con nostálgica distracción el primer periódico que alzó su voz entre mis dedos.