Antes de Adán

Antes de Adán

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Era el gran juego de la Horda el acoso del tigre. A veces se complicaba con el de un león o de otro tigre que se había aventurado por la selva en pleno día. Era nuestra venganza. Más de uno de los nuestros, pillado desprevenido, había ido a llenar la panza del tigre o del león. Acaso también estas pruebas nos enseñaron a ahuyentar de nuestro territorio a los animales cazadores. Pero aquello era muy divertido; un magnífico juego.

Así es como perseguimos Oreja Caída y yo al viejo Diente de Sable por más de una legua del bosque. Al final, huyó con las orejas gachas y el rabo entre piernas, como un pobre diablo apaleado. Hicimos cuanto pudimos para alcanzarle; pero cuando llegamos al linde de la selva, ya no se veía de él más que un leve punto en la lejanía.

No sé si fue la curiosidad lo que nos impulsó; pero lo cierto es que, después de jugar un rato por allí, nos aventuramos por el descampado, hacia el límite de las colinas rocosas. No fuimos demasiado lejos. Acaso no estaríamos nunca a más de cien metros de los árboles, y he aquí que al transponer una roca bastante alta, dimos de manos a boca con tres perritos que retozaban al Sol.


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