Antes de Adán

Antes de Adán

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No nos vieron y les contemplamos un buen rato. Eran perros salvajes. Una rendija horizontal abierta en el muro de piedra indicaba evidentemente el cubil donde su madre los habría dejado y donde ellos debieron permanecer obedientes. Pero el mismo aumento de vida que nos habla impulsado a Oreja Caída y a mí a aventurarnos fuera el bosque, había arrastrado a los perritos retozones fuera del cubil. Bien sé cómo les hubiera castigado su madre si los hubiera pillado en aquella desobediencia.

Pero fuimos Oreja Caída y yo quienes les sorprendimos. Me miró Oreja Caída y saltamos hacia los perritos, que no sabían a dónde escapar como no fuera al cubil; pero nosotros nos habíamos interpuesto y se lo impedíamos. Uno de ellos se lanzó entre mis piernas, y agazapándome lo apresé enseguida. Me hincó sus agudos dientes en el brazo, lo solté en la sorpresa del repentino dolor, y al momento ya se había escurrido rápido dentro del cubil.

Oreja Caída, que luchaba con otro, me hizo un gesto de desprecio, y valiéndose de una multitud de sonidos, me intimó echándome en cara mi estupidez. Me sentí avergonzado, así bravamente al otro perrito por la cola, y aunque me clavó también sus dientecitos, le agarré por el cogote. Oreja Caída y yo nos sentamos; teniendo en las manos los perritos, los mirábamos y nos reíamos.


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