Antes de Adán
Antes de Adán Gesticulaban, regruñían y lloriqueaban. Oreja Caída se sobresaltó de repente, creyendo que había oído algo. Nos miramos atemorizados y comprendimos el peligro de nuestra situación. Lo que más encolerizaba a los animales, lo que les volvía demonios enfurecidos, era que les tocaran a sus hijuelos. Y aquellas crías que armaban tal escándalo pertenecían a los perros salvajes. Bien los conocíamos nosotros, les habíamos visto en cuadrilla acosando a los animales herbívoros; los habíamos contemplado persiguiendo a las manadas de bisontes y toros, desgarrando entre sus dientes a los recentales y a las bestias viejas y enfermas. Más de una vez nos habían perseguido también a nosotros, y yo había visto en cierta ocasión cómo una mujer de la Horda cala y era atrapada por ellos cuando iba a alcanzar el refugio de los árboles. Si no la hubiera rendido la carrera, habría podido trepar a las ramas; pero al intentarlo, resbaló y rodó al suelo. Entonces los perros dieron buena cuenta de ella.
Nos miramos unos instantes, y después, asiendo fuertemente nuestras presas, corrimos al bosque. Una vez en la seguridad de los árboles, levantábamos en el aire a los perritos y nos reíamos de nuevo. Ya veis con qué facilidad brotaba en nosotros la risa, sucediera lo que sucediere.