Antes de Adán

Antes de Adán

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Comenzó entonces una de las tareas más difíciles. Había que volver a la caverna, llevando con nosotros a los perritos, y no podíamos disponer de las manos para trepar, porque habíamos de asir a nuestros escurridizos prisioneros. Quisimos caminar por el suelo, pero hubimos de trepar otra vez a los árboles perseguidos por una hiena que nos vino acosando.

Oreja Caída tuvo al fin una idea feliz. Se acordó de cómo ataba los montones de hojas y los llevaba a la cueva para que le sirvieran de cama. Rompió algunas ramas fuertes de enredaderas y ató las piernas del perrito, y con otra rama que se pasó alrededor del cuello lo pudo sujetar, colgándoselo a la espalda. Esto le dejaba libres los pies y las manos, pero había el inconveniente de que el perrito no se conformaba a permanecer sujeto en la espalda de Oreja Caída. Osciló primero hacia un costado, luego hacia delante, y como no tenía atados los dientes, asestó un buen mordisco en el indefenso estómago de Oreja Caída. Este lanzó un grito, estuvo a punto de caerse, y se hubo de agarrar a un ramón con ambas manos para evitar la caída. Pero con la violencia de la sacudida se rompió la rama de enredadera que llevaba al cuello, y desplomándose el perro, con sus cuatro patas atadas todavía, vino a caer en la boca de la hiena, que procedió tranquilamente a comenzar su comida.


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