Antes de Adán

Antes de Adán

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Un traspié o un simple tropezón y no hubiera habido salvación para mí. Pero no me preocupe de lo que pudiera sucederme. Tal era mi estado emotivo, que hubiera desafiado al propio Diente de Sable y a todos los dardos de los Hombres del Fuego. A tal extremo llegaba mi locura de amor. No le ocurría lo mismo a Dulce Alegría, que era prudente en extremo. No se arriesgaba mucho, y aún recuerdo, volviendo los ojos a través de los siglos para contemplar aquella persecución, que, cuando los jabalíes me detuvieron, ella aminoraba su marcha y esperaba a que yo volviera a emprender la carrera. Además, era ella la que me conducía, eligiendo siempre la dirección que le convenía más.

Vino por fin la obscuridad. Dulce Alegría me llevó entonces por la musgosa espalda de un desfiladero que surgía entre los árboles. Después penetramos por una densa maleza, que me arañó y despellejó al pasar. Ella ni siquiera se enredó un solo cabello. Conocía bien el camino. Un roble grandioso se alzaba medio oculto por la maleza. Yo estaba muy cerca de Dulce Alegría cuando trepaba por el árbol, y allí, entre las horquillas de las ramas, en el nido tan larga e inútilmente buscado, logré alcanzarla, porque ella quiso al fin que fuese así.



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