Antes de Adán
Antes de Adán Al contemplarle impotente tras de los barrotes de su jaula, sentí brotar mi cólera. Le enseñé los dientes apretujados, dancé dando brincos, ululé en una burla incoherente, entre extraños y grotescos gestos. Él contestó abalanzándose contra los barrotes y rugiendo entre dientes contra mí en su ira impotente ¡Oh! ¡Él también me reconocía! ¡Mis gritos eran los de pasadas edades remotas, inteligibles para él!
Se asustaron mis padres. “El niño está enfermo”, dijo mi madre. “Es un histérico”, añadió mi padre. Nunca se lo dije y nunca lo supieron. Había aprendido a guardar la más absoluta reserva en cuanto concierne a mi dualidad, a esta semidisociación de la personalidad, como creo llamarla justamente.
Vi al encantador de serpientes, y allí se acabó para mí el circo de aquella noche. Me tuvieron que llevar a casa, nervioso, destrozado, enfermo por la invasión en mi vida real de aquella otra vida de mis sueños.