Antes de Adán

Antes de Adán

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Ahora bien; tales caídas de ese modo remediadas habrían de producir necesariamente un golpe. El golpe reduciría cambios moleculares en las células cerebrales. Estos cambios se transmitirían a las células cerebrales engendradoras, convirtiéndose así en recuerdos de raza. De modo que, cuando tú y yo, lector, durmiendo o adormecidos, nos caemos a través del espacio y nos despertamos a la conciencia normal, fatigados, en el instante mismo en que habíamos de chocar contra el suelo, no hacemos más que recordar lo que les sucedió a nuestros antecesores arbóreos, que se ha grabado en la herencia de la raza a causa de los cambios cerebrales.

Todo esto no es ni más ni menos extraño que el instinto mismo. Un instinto no es más que un hábito estampado en la trama de la herencia. Bueno será hacer notar de pasada que en este nuestro sueño de la caída en el espacio, tan común para ti, para mí, y para todos nunca chocamos contra el suelo. El choque hubiera sido la muerte. Nuestros antecesores, cuando chocaran contra el suelo, morirían. El golpe de su caída se comunicaría, claro está, a las células cerebrales; pero murieron antes de dejar descendencia. Tú y yo somos descendientes de los que no chocaron contra la tierra; he aquí por lo que tú y yo no sentimos nunca el golpe en nuestros sueños.


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