Antes de Adán

Antes de Adán

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No era, pues, dichosa mi vida en el hogar, aunque he de reírme de mí mismo cuando escribo la palabra “vida en el hogar”. ¡El hogar! Yo no tenía hogar en el sentido moderno de esta palabra. Mi hogar era una asociación y no una vivienda. Vivía bajo los cuidados de mi madre, pero no en su casa, porque mi madre vivía en cualquier parte, encaramándose lejos del suelo en cuanto se avecinaba la noche.

Era mi madre una mujer muy primitiva. Aún les tenía cariño a los árboles, cuando los miembros más avanzados de nuestras hordas vivían en cavernas, más allá del río. Pero mi madre, suspicaz y retrógrada, no quería abandonar los árboles. Teníamos desde luego un árbol escogido, donde generalmente nos recogíamos, aunque algunas veces dormíamos en otros, si las sombras de la noche se nos adelantaban. Disponíamos de una especie de tosca plataforma hecha de tallos, ramitas y enredaderas, dispuesta sobre la horquilla de dos ramas que se bifurcaban del tronco. Parecía un enorme nido de pajarracos, aunque mil veces más rudamente entretejido. Tenía, sin embargo, una característica que nunca he visto en ningún nido: el techo.




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