Antes de Adán
Antes de Adán Comprendà el desamparo de mi situación, y me acurruqué temblando en el nido. Chachalaca se llegó directamente al árbol —recuerdo que era un roble— y comenzó a trepar por él, sin cesar nunca en su infernal alboroto. Ya os he dicho que nuestro idioma era extremadamente mezquino; asà es que tenÃa que retorcerlo para expresarme su inmenso odio y su propósito de zanjar en aquella ocasión sus cuentas conmigo.
Cuando trepó hasta la horquilla del nido, huà deslizándome por una rama horizontal. Me persiguió más allá y más allá, y arriba y más arriba. Finalmente trepé hasta las ramitas más leves, entre las hojas. Chachalaca fue siempre un cobarde, y su precaución era ahora mayor que su rabia. TenÃa miedo de seguirme hasta las pequeñas ramitas, porque el peso de su cuerpo las hubiera quebrado antes de alcanzarme.
Pero el miserable no necesitaba de esto y él lo sabÃa muy bien. Con una pérfida expresión en su rostro, brillando sus ojos saltones con refinada crueldad, empezó a sacudir las ramas, y a sus sacudidas, como yo estaba en el extremo mismo del ramaje agarrándome ansiosamente, comenzaron a quebrarse las ramitas bajo mi peso. La tierra estaba debajo de mà a unos seis metros de profundidad.