Antes de Adán

Antes de Adán

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Continuó sus sacudidas más furiosamente cada vez, gruñendo y rechinando los dientes en su odio infinito. Y luego vino el fin. Mis cuatro asideros se rompieron a una, y cal, caí de espaldas, mirándome todavía, sosteniendo aún en mis pies y manos agarrotados las ramitas truncadas. Afortunadamente no había jabalíes debajo y mi caída terminó sobre los duros matorrales.

Por lo general, las caídas solían terminar con mis sueños, siendo suficiente la sacudida nerviosa para servir de puente entre miles de siglos y arrojarme sobre el lecho, completamente despierto, sudando y tembloroso, mientras oía el reloj de cuco del salón que canta las horas. Pero he tenido muchas veces este sueño del abandono de mi hogar y todavía no me ha despertado ni una sola vez. Por el contrario, siento siempre el ruido del golpetazo al chocar, gimiendo y hecho una pelota, contra el suelo.

Arañado y doliente yazgo después de la caída. Escudriño a través de las breñas y veo aún a Chachalaca que entona un cántico infernal de alegría, llevando el compás con sus balanceos. Entonces ahogo mis gemidos. Ya no estaba bajo la seguridad de los árboles y sabía el peligro que correrla si atrajera a los animales carniceros con demasiado ruidosas muestras de dolor.


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