Antes de Adán

Antes de Adán

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Recuerdo que, al contener mis suspiros, me interesé en admirar los extraños efectos de luz que producía el abrir y cerrar los párpados húmedos de lágrimas. Comencé a recapacitar después, y pude darme cuenta de que no estaba tan maltratado por la caída. Había perdido algunos pelos y unas tiras de pellejo; el extremo puntiagudo de una rama rota estaba hincado una pulgada en el antebrazo, y me dolía insoportablemente la cadera derecha, que había recibido todo el golpe de la caída. Pero nada de esto tenía importancia en realidad. No se me había roto hueso alguno, y en aquellos tiempos, la carne humana tenía mejores cualidades curativas que hoy. Fue, sin embargo, una soberana caída, pues una semana después andaba todavía renqueando con mi dolorida cadera.

Aún yacía entre las matas cuando me asaltó el sentimiento de mi desolación. Ya no tenía hogar. Me propuse firmemente no volver jamás a vivir con Chachalaca y mi madre. Me iría lejos, muy lejos, a través de la selva virgen, y encontraría un árbol para mí solo donde poder recogerme. En cuanto a la comida, ya sabía dónde la podría encontrar. Hacía más de un año que no necesitaba de mi madre para buscarla. Ella no ofrecía entonces más que su protección y su guía.

Me arrastré poco a poco fuera de los matorrales. Aún me volví una vez y vi a Chachalaca que continuaba todavía su canto y sus sacudidas. No era cosa que me agradara ver y no miré más.


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