Antes de Adán
Antes de Adán Natural e involuntariamente lo imité. Entonces me di cuenta de la causa de su terror. Era Ojo Bermejo que bajaba tambaleándose hacia el centro del barranco, gesticulando amenazador, con sus ojos inflamados. Observé todos los chicuelos se escabullían lejos de él, lo mismo que nosotros, mientras que los mayores lo contemplaban con ojos cautelosos y se apartaban, cediéndole el centro de la senda.
Al llegar el crepúsculo, quedó desierto el llano. La Horda se fue a buscar la seguridad de las cuevas. Oreja Caída me enseñó el camino de nuestro lecho. Trepamos hacia lo más escarpado de los altos riscos, más allá de las cavernas, hasta una diminuta grieta que no podía distinguirse desde el suelo. Oreja Caída se escurrió dentro y yo le seguí con dificultad, tan estrecha era la entrada, encontrándome al fin en una pequeña cueva abierta en la roca. Era muy baja, no más de sesenta centímetros de altura y acaso un metro de ancho por un metro veinte de largo. Aquí, apoyado uno en los brazos del otro, pasamos la noche durmiendo.