Antes de Adán
Antes de Adán Se había dado cuenta de su derrota; recobró, sin embargo, su perdida dignidad y comenzó a caminar solemnemente alejándose de la lluvia de piedras. Aún se detuvo a mirarnos. Estaba ansioso y hambriento. Se había quedado sin almuerzo, cuando creía tener en nosotros tan buena provisión de carne; pero aunque la había sitiado, era para él inaccesible. No pudimos por menos de estallar en una carcajada al verle. Nos reíamos tumultuosa y burlescamente. A los animales no les gustan las burlas. Se encolerizan cuando se ríen de ellos. Así le ofendieron también a Diente de Sable nuestras risas. Se volvió con un espantoso rugido, y para sacudirse el ridículo quiso volver a acometernos de nuevo. En realidad no podíamos desear nada mejor. La lucha se había convertido en juego, y nosotros gozábamos mucho apedreándole.
No insistió, sin embargo, en el ataque. Recobró su buen sentido, además de que nuestros proyectiles no eran demasiado cariñosos. Recuerdo muy bien el aspecto de uno de sus ojos, medio saltado por una de nuestras piedras. Y también conservo un vivo recuerdo de la escena final, en que le veo al borde de la selva, adonde se había retirado; miraba hacia atrás, en dirección a nosotros, con los labios retorcidos, mostrando la raíz de sus tremendas fauces, erizado el pelo y la cola arqueada y restallante. Dio un último rugido y desapareció entre los árboles.