Antes de Adán
Antes de Adán El hombre del Fuego tensó de nuevo su arco. Cambió de posición, desviándose algunos pasos. Vibró sonoro el arco, salió la flecha disparada, y Diente Mellado, lanzando un tremendo alarido, se desprendió de la rama. Lo vi caer volteando; parecía que fuera todo brazos y piernas; llevaba clavado el dardo en el pecho y aparecía y desaparecía a cada vuelta del cuerpo desplomado.
Cayó, entre la estridencia de un grito, desde unos veinte metros de altura. Fue a aplastarse contra el suelo con un golpe como un chasquido, y rebotó el cuerpo para caer de nuevo. Aún vivía, porque se agitó arañando con pies y manos. Recuerdo al hombre del Fuego corriendo hacia él con una piedra y machacándole la cabeza; luego... no recuerdo nada más.
Siempre, en mi infancia, al llegar a este momento de mis sueños, me despertaba gritando y aterrorizado... para encontrar a menudo a mi madre o a mi niñera, que, ansiosas y sobresaltadas, me acariciaban con sus manos los cabellos y me decían que estaban a mi lado y nada debía temer.