Aventura

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—¡Tu compañerete que se muere! —repitió Sheldon en tono de burla. Y añadió amenazadoramente—: ¿Y para qué llorar tanto, cretino? ¿No te das cuenta de que si no te callas le matarás igualmente de dolor de cabeza? ¡Deja de sollozar! ¿Me oyes? Si no lo haces, te haré callar inmediatamente.

El blanco había levantado el puño, y el triste salvaje se encogió, mirándole asustado como una rata.

—Termina con tus lloriqueos —continuó el patrón, con voz más suave—. Mejor sería que, en vez de llorar, le espantases las moscas, que lo están devorando. Ve por agua y lava a ese «hermanito tuyo» hasta dejarlo limpio. ¡Vamos, date prisa! —terminó diciendo con ese espíritu que lograba imponer su voluntad sobre el perezoso ánimo de los negros.

Al acabar la visita, caminaron de nuevo bajo el sol abrasador. Agarrándose al pescuezo del negro, dio un profundo suspiro. El aire muerto parecía asfixiarle los pulmones, y, agotado, dejó caer su cabeza en un estado de sopor del que ya no saldría hasta llegar a casa. Cualquier esfuerzo de la voluntad era como una tortura para él, y a cada instante se veía obligado sin embargo a hacer un nuevo esfuerzo.


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