Aventura

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Se levantó y, acercándose al fonógrafo, colocó un disco; pero antes de darle cuerda escuchó que Joan le decía:

—Acostumbrado como está a oír siempre la misma música, no me extraña que no me entienda. ¡Vamos, Satanás! Dejemos al amo a solas, para que disfrute de sus viejas canciones.

Sheldon la siguió con la mirada, dispuesto a callarse; pero al ver que cogía el rifle y le echaba un vistazo a la recámara, mientras se dirigía hacia la puerta, le preguntó enérgicamente:

—¿Adónde va?

—Si lo que desea es seguir tratándome como mujer —replicó Joan—, lo conveniente es que me diga ahora por qué no debería ir a cazar cocodrilos. Buenas noches, que descanse.

Con un manotazo, Sheldon hizo callar al fonógrafo y se lanzó como una exhalación tras ella. Pero al llegar a la puerta, se dejó caer de repente sobre una silla.

—¿Le gustaría que me cazara el cocodrilo, no es cierto? —pudo escuchar aún que le preguntaba la joven desde la galería.

Y su argentina risa, mientras descendía por la escalera, logró amargar al hombre hasta dejarle inquieto toda la noche.


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