Aventura

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—Pero ¿qué piensa hacer? ¡No tendrá la intención de dejarse morir aquí!

—¿Y qué otra cosa puedo hacer? Ya he llegado hasta aquí, de forma que me quedaré hasta que reviente. ¡Ojalá nunca le hubiese echado el ojo a estas islas!

Y por más que Sheldon insistió, se negó a dormir en tierra. Recogió las instrucciones y regresó inmediatamente a bordo. Inmediatamente, el velo cárdeno del crepúsculo se oscureció por el chaparrón más torrencial de la tarde, y entre una lluvia de diluvio Sheldon pudo ver cómo aparecían en el horizonte las alas blancas del bote que tanto ansiaba. El corazón se le paró cuando, recogida la cebadera, la barca se aproximó hasta la costa, y vio a Joan en pie al lado del timón, sujetándolo con todas sus fuerzas para contrarrestar el empuje con que se dirigía la embarcación hacia el rompiente. Los tahitianos saltaron el agua y alejaron el bote de la playa, mientras su dueña se encaminaba hacia la casa con la desenvoltura que era habitual en ella.

Se desató entonces una lluvia furiosa que sonaba como si fuese granizo; los altos cocoteros se estremecían en medio de un viento huracanado y en lo alto del cielo las nubes se hinchaban hasta que parecía que iban a estallar, mientras el crepúsculo tropical daba paso a la oscuridad de una noche repentina.


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