Aventura

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Entonces apareció en medio de la lluvia y el viento el Flibberty-Gibbet, que se quedó en el fondeadero. Poco más tarde su capitán, Pete Oleson —hermano del Oleson que gobernaba la Jessie, viejo, curtido, de terrible apariencia, consumido por la fiebre—, arrastraba su enorme cuerpo hasta el mirador y se dejaba caer sin resuello en la silla de lona. El whisky con soda le reanimó lo suficiente como para poder hacer el relato de su viaje.

—La fiebre le está devorando —observó Sheldon—. ¿Por qué no se dirige a Sydney, a respirar un aire mejor?

El viejo capitán negó con la cabeza.

—¡Es inútil! Soy hombre muerto. Estoy demasiado acostumbrado a estas islas, y la fiebre no haría sino aumentar allí.

—Es mejor curarse que morir —concluyó Sheldon.

—A mí solo me queda morir. Ya intenté librarme de esta enfermedad hace tres años. El frío me tumbó antes de que pusiera un pie en tierra. Me llevaron al hospital, donde permanecí dos semanas inconsciente. Entonces los médicos me prescribieron que volviese a las islas, como único remedio a mi enfermedad. ¡Bah! Aunque me consuman las fiebres, al menos sigo vivo. Un mes en Australia sí que acabaría conmigo.


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