Aventura

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Se bajó de la hamaca, y con toda tranquilidad se apoyó en la barandilla, donde permaneció mirando a los intrusos con ojos soñolientos. Se le ocurrió pensar en lo curioso de su destino, que le obligaba a mirar siempre desde la altura a aquellas hordas de negros cuyas sublevaciones consistían en lanzar amenazas y deshacerse en piropos. Pero mientras los miraba atentamente, realizaba un rápido examen. Los desconocidos iban armados con rifles modernos. ¡Ah! Ahora lo comprendía: se trataba de los quince fugitivos de Lunga. Los otros, sin embargo, llevaban «Sniders» o empuñaban lanzas, flechas y hachas de mango largo. Algo más lejos podían verse las canoas de guerra con sus elevadas y fantásticas quillas, toscamente talladas y adornadas con conchas. Eran los mismos que habían matado a Oscar, su socio de Ugi.

—¿Qué buscáis? —preguntó en voz alta.

E inmediatamente lanzó una mirada al mar, donde podía verse el Flibberty-Gibbet reflejado en las aguas. No se veía un alma hasta donde alcanzaba su vista. Incluso la barca había sido retirada de su sitio. Probablemente los tahitianos se la habían llevado para pescar en Balesuna. Se encontraba solo en su alta tribuna, abandonado en aquel trance, mientras los demás dormían tranquilamente, en la calma total de la siesta tropical.


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