Aventura

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El ruido de la campana convocó a todos los trabajadores de la plantación, y mientras se congregaban en el patio los doscientos braceros el perro fue encerrado en una sala, aunque protestando vivamente contra aquel trato humillante. Los braceros de la plantación comenzaron a ejecutar danzas guerreras, formando círculos debajo de cada árbol y lanzando improperios contra sus antiguos enemigos. El capitán del Flibberty-Gibbet llegó en lo mejor de la fiesta, presa de un ataque terrible de fiebre, tambaleándose y estremeciéndose de tal forma que casi no lograba sostener el rifle. Su cara estaba pálida y desencajada, los dientes le rechinaban, y ni siquiera los abrasadores rayos del sol lograban hacerle entrar en calor.

—Deje que me siente y los vigile desde aquí —acertó a decir—. Esto es una maldición; siempre que ocurre algo me sobreviene la fiebre y me deja atontado. ¿Qué va a hacer?

—Antes que nada, recoger las armas.

Sheldon mandó a los criados y capataces que recogiesen las armas esparcidas por el suelo y las amontonasen en la galería. Dejó a un lado los rifles nuevos que habían sido robados en Lunga, destruyó los «Sniders» y le ofreció a Joan un montón de flechas, arcos y hachas de mango largo, diciéndole con una sonrisa:

—Un bonito regalo para su colección, y todo conseguido en el propio campo de batalla.


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